Bernabé Luc abrió la puerta de su pabellón y, de repente, se sintió medio cegado por la ráfaga que le azotó el rostro. La tempestad hizo estragos toda la noche y, ahora, a pesar de ser las ocho de la mañana, casi no había luz.
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Bernabé Luc abrió la puerta de su pabellón y, de repente, se sintió medio cegado por la ráfaga que le azotó el rostro. La tempestad hizo estragos toda la noche y, ahora, a pesar de ser las ocho de la mañana, casi no había luz. Negros nubarrones viniendo del oeste corrían por el cíe lo La carretera estaba desierta, y Luc, después de montar en su bicicleta, echó adelante zigzagueando, la cabeza hundida en los hombros, las rodillas separadas, maldiciendo vigorosamente contra aquel tiempo de perros.