Henry Wells suspiró, arrojando dos expedientes sobre la mesa. —Dos menos, William —dijo cansadamente, retrepándose en el cómodo sillón de su despecho—. Y los mejores.
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Henry Wells suspiró, arrojando dos expedientes sobre la mesa. —Dos menos, William —dijo cansadamente, retrepándose en el cómodo sillón de su despecho—. Y los mejores. —¡Diablo, ellos no pueden hacernos esto! —gimió William George Fargo, secándose el sudor de la frente, amplia y despejada—. ¡No pueden despojarnos así...!