
Consultó el reloj. Las once y cincuenta. Abajo, cada vez más atrás, perdiéndose en la inmensidad del abismo abierto a sus pies, Miami desaparecía rápidamente delante de sus ojos.
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Consultó el reloj. Las once y cincuenta. Abajo, cada vez más atrás, perdiéndose en la inmensidad del abismo abierto a sus pies, Miami desaparecía rápidamente delante de sus ojos. Sobre las escasas nubes que parecían colgadas del firmamento azul, el «DC 78» se inclinaba suavemente sobre un ala, y luego enderezaba el vuelo sin escala hacia Nueva York. A su derecha el mar. Lenta, muy lentamente, ladeó la cabeza para mirar el paisaje.