
Ernesto Clay se arrojó del lecho, vistióse con un precioso albornoz listado de azul y amarillo y colocándose ante el gran espejo que le ofrecía su biselada luna al otro lado de la estancia, se contempló complacido, pasando sus finos y…
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Ernesto Clay se arrojó del lecho, vistióse con un precioso albornoz listado de azul y amarillo y colocándose ante el gran espejo que le ofrecía su biselada luna al otro lado de la estancia, se contempló complacido, pasando sus finos y blancos dedos por los ensortijados mechones de cabello revuelto, para echarlos hacia atrás y poner mejor al descubierto su frente tersa, bajo la cual brillaban alegres y luminosos dos hermosos ojos que eran el tormento de muchas docenas de admiradoras.