El viento ululó como un ánima en pena mientras barría las calles desoladas. Manojos de artemisas rodaron sobre el polvo y terminaron saltando a las aceras de tablas, bajo los porches, rozando ásperamente puertas y ventanas.
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El viento ululó como un ánima en pena mientras barría las calles desoladas. Manojos de artemisas rodaron sobre el polvo y terminaron saltando a las aceras de tablas, bajo los porches, rozando ásperamente puertas y ventanas. En alguna parte, chirrió un postigo de bisagras enmohecidas, con acritud. Era lo único audible en el pueblo. Lo demás era silencio, un silencio de muerte, como el de un cementerio. Igual que si las casas fuesen tumbas.