
La cara de Gilbert Baster estaba ensombrecida por la preocupación. Todavía no se explicaba cómo a él le pudo ocurrir nada semejante. Era como para echarse a reír a grandes carcajadas, de no encontrarse en una difícil situación.
Descargar
La cara de Gilbert Baster estaba ensombrecida por la preocupación. Todavía no se explicaba cómo a él le pudo ocurrir nada semejante. Era como para echarse a reír a grandes carcajadas, de no encontrarse en una difícil situación. Tan sólo le quedaban unos cuarenta centavos, y por estar éstos en un bolsillo del pantalón. Nunca pudo imaginar le ocurriese nada parecido; su título de abogado y su ajetreada existencia le hicieron adquirir una gran experiencia y el convencimiento de que no podía ser robado.