
La Casa Dumazel, uno de los establecimientos más acreditados de París en el ramo de sederías y novedades para señora, acababa de abrir sus puertas, algo más temprano de lo que ordinariamente acostumbraba.
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La Casa Dumazel, uno de los establecimientos más acreditados de París en el ramo de sederías y novedades para señora, acababa de abrir sus puertas, algo más temprano de lo que ordinariamente acostumbraba. Los dependientes, todos muy buenos chicos, puntuales y obedientes a las indicaciones del dueño, se ocupaban en la limpieza del establecimiento, descorrían las puertas de acero ondulado, fregaban los cristales de los escaparates y colocaban en el interior de éstos las «últimas novedades», ante las cuales se detendrían luego las burguesitas parisinas. Monsieur Dumazel, el afortunado dueño, hombre de aspecto bonachón, pero muy activo y entregado a su negocio, en el que demostraba una inteligencia nada común, también había hecho su aparición en el establecimiento, más temprano que de ordinario.