
El encargado del dormitorio arrugó el ceño. El cuerpo de una persona acababa de interponerse entre él y la luz. Pero era su trabajó. Sus dos manos sostenían un periódico de la noche.
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El encargado del dormitorio arrugó el ceño. El cuerpo de una persona acababa de interponerse entre él y la luz. Pero era su trabajó. Sus dos manos sostenían un periódico de la noche. Se limitó a dejar el diario entre los dedos de una y alargar la contraria. Sólo cuando el recién llegado puso un papel sobre su palma extendida, el encargado levantó la vista, extrañado.