
El silencio era absoluto. Los tres hombres, tumbados en sus petates, semejaban estatuas. La celda estaba iluminada tenuemente por una sucia bombilla, de escaso voltaje, pegada al techo.
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El silencio era absoluto. Los tres hombres, tumbados en sus petates, semejaban estatuas. La celda estaba iluminada tenuemente por una sucia bombilla, de escaso voltaje, pegada al techo. Un leve rayo de luz penetraba por el alto y angosto ventanillo que enlazaba con el patio, única ventilación directa de aquel agujero infecto.