Para el solitario caminante que avanza por el campo, sin ver a nadir, a la escasa luz del crepúsculo, no haya nada capaz de causar mayor inquietud que la sospecha de ser observado y seguido.
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Para el solitario caminante que avanza por el campo, sin ver a nadir, a la escasa luz del crepúsculo, no haya nada capaz de causar mayor inquietud que la sospecha de ser observado y seguido. Esta sensación se acentúa cuando no se trata de un miembro corriente de la sociedad, que goza del derecho de protección en su vida y en sus propiedades, sino de un proscrito, de un hombre perseguido por los demás. Como sombra incierta, vestida con el traje de la cárcel, aquel hombre que a la vez corría y se arrastraba cuesta arriba o cuesta abajo, para atravesar uno de aquellos fértiles valles que tanta fama han dado al norte de Devon, se detenía de vez en cuando y luego, fijándose en todos los crujidos de las ramas y en los pequeños ruidos que originaba su paso, como el desprendimiento de una piedra, eran otros tantos indicios de la situación de su perseguidor…