
EL doctor Westringham cerró los ojos y se recostó en su sillón. Eran las ocho de una helada noche y estaba pensando que ya era hora de marcharse a casa. Una muchacha vestida con traje de enfermera entró en el consultorio.
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EL doctor Westringham cerró los ojos y se recostó en su sillón. Eran las ocho de una helada noche y estaba pensando que ya era hora de marcharse a casa. Una muchacha vestida con traje de enfermera entró en el consultorio. —Creo que podemos cerrar, miss David —dijo el doctor Westringham—. Si no ha venido nadie hasta el momento, no creo que vaya a venir «ahora».