
Cuando se abrió la puerta las miradas se dirigieron allí con cierta curiosidad. Pero cada cual retornó inmediatamente a lo que hacía. El tabernero hizo una mueca de fastidio al ver al nuevo cliente.
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Cuando se abrió la puerta las miradas se dirigieron allí con cierta curiosidad. Pero cada cual retornó inmediatamente a lo que hacía. El tabernero hizo una mueca de fastidio al ver al nuevo cliente. Este era un hombre sucio, desaliñado, de más de cuarenta y cinco años, estatura más bien alta y anchas espaldas. Caminaba con una vacilación significante y sus ojos estriados de rojo, así como su coloreada nariz denotaban al bebedor empedernido.