HABÍA tres hombres sentados ya en el coche reservado de primera acoplado todas las mañanas al tren de las ocho y veinte, que hacía el recorrido de Sandywayes a Waterloo. Las otras dos plazas—era un coche con lavabo— aun estaban por ocupar.
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HABÍA tres hombres sentados ya en el coche reservado de primera acoplado todas las mañanas al tren de las ocho y veinte, que hacía el recorrido de Sandywayes a Waterloo. Las otras dos plazas—era un coche con lavabo— aun estaban por ocupar. Don Jaime Huitt, el gerente de Banco responsable de aquella innovación que llamaban, humorísticamente, «Coche Club» y que se sentía, hasta cierto punto, maestro de ceremonias del mismo, sacó el reloj y lo consultó, frunciendo el entrecejo. El, personalmente, llegaba siempre a la estación a la misma hora, sin variar un minuto, y odiaba la falta de puntualidad. En persona, forma de hablar y vestido, era el prototipo del hombre de costumbres fijas.