
Había una verja y, tras ella, un jardín pequeño, pero frondoso. Más allá, las arenas finas y suaves, heladas ahora al no recibir sobre sí los tibios rayos del sol que las caldeaban durante el día.
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Había una verja y, tras ella, un jardín pequeño, pero frondoso. Más allá, las arenas finas y suaves, heladas ahora al no recibir sobre sí los tibios rayos del sol que las caldeaban durante el día. El océano ponía la nota rumorosa de sus aguas en el silencio de la noche, enviándolas mansamente a humedecer las quietas arenas. Paraje mudo y desértico, cuya soledad atraía el espíritu, como dijera el poeta, para bañarlo de paz y sosiego, de alegría silenciosa que invitaba al pensamiento por los caminos del éxtasis.