El teniente Deglin, de la policía neoyorquina, contempló al hombre que acababa de derribar de un salvaje puñetazo. Hacía varios días, que todo le salía mal, y la cólera acumulada por otras razones se había concentrado en este golpe.
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El teniente Deglin, de la policía neoyorquina, contempló al hombre que acababa de derribar de un salvaje puñetazo. Hacía varios días, que todo le salía mal, y la cólera acumulada por otras razones se había concentrado en este golpe. A sus pies yacía Kendall Paine, un joven parrandero, héroe de guerra y popular en otros tiempos como futbolista. Para Deglin, el relumbrón heroico de Paine resultaba tanto más cargante cuanto que en el Departamento acababan de negarle el ascenso por el que tanto había trabajado. Y hasta en los periódicos se rumoreaba que Deglin, el hombre de la mano dura, sería capaz de cobrarse en las costillas de los delincuentes el ascenso que no le había sido concedido. Volvió a mirar al hombre caído a sus plantas. Paine no respiraba. ¿Tan fuerte había golpeado? De todos modos, ¿qué importaba que un asesino recibiera su merecido? Deglin fué al teléfono para dar parte del accidente; pero su superior se anticipó a decirle que uno de los sospechosos había confesado, y le preguntó si había encontrado a Paine. «Paine se ha largado —contestó Deglin— se ha llevado sus ropas.» Y mientras decía esto, se daba cuenta de que se había condenado a sí mismo sin poder retroceder.